viernes, 30 de noviembre de 2018

El regalo de Prometeo

¿Te has sentado alguna vez en torno a una fogata? Si la respuesta es negativa, deberías hacerlo porque es una experiencia única, indeleble y dificil de plasmar en palabras. La fascinación casi hipnótica de las llamas, el arrullo del crepitar, la tibieza que emana y envuelve como una cobija invisible.

Lo demás se vuelve difuso, casi insustancial ante la hoguera mientras gravitamos alrededor como insectos, porque estamos hechos para no ser indiferentes a los estímulos.

Las noches frente a la fogata proporcionaron protección, calor, alimentos cocinados pero también permitieron contar historias y hablar de temas que por lo general estaban ausentes durante el día. La oscuridad influye en el comportamiento, nos acerca a lo intangible, estimula nuestra imaginación.

Inclusive a pleno día, el fuego no pierde su magnetismo. Hace un par de meses, regresaba a pie de trabajar -hay un grave problema con el transporte público-, la tarde menguaba, el tráfico estaba bastante ligero, la gente apuraba el paso. Al principio, el insistente sonido de la corneta del carro me pareció normal; otro desesperado, otro obstinado. Luego escuché el ronrroneo de la moto y por último los alaridos. Cuando me volví, ya la gente observaba: del auto salían extremidades haciendo señas, sus ocupantes gritaban algo ininteligible. Finalmente el piloto de la moto giró el rostro hacia ellos. Igual que yo, el hombre no entendía sus palabras pero miró en la dirección que le señalaban las múltiples manos. Fuego.

También lo vi y lo entendí. Fuego! fuego! Resonaba en el aire, el eco rebotaba por todas partes, lo repetía el coro de transeuntes, brillaba en los ojos. Entonces todo se desaceleró, el tiempo entró en slow motion.

El hombre, que resultó ser un muchacho joven una vez su rostro quedó liberado de casco y lentes, apenas pudo detener la moto, desplegar la pata de cabra y saltar, alejándose varios metros, luego tras un instante de duda, retrocedió aun más, las personas a su lado le imitaron. Una cola de autos con rostros contemplativos se formó en la avenida del largo paseo. El fuego, que empezó del tamaño de un balón de futbol, se estiró y envolvió con gran agilidad toda la parte trasera de la moto, una chopper.

Atrapado por el embrujo de la creciente pira me detuve a una distancia prudencial por detrás del piloto que miraba en silencio. La intensidad de las llamas, siempre en ascenso, engulló el vehículo como quien traga una galleta de un bocado. Todos pudimos sentir el calor que emanaba, escuchamos el crepitar de la pintura y el plástico. Nada podía hacerse, tan sólo observar embelesados al monstruo devorando.

La moto era una bola incadescente. El siseo de los cauchos acompañado del penetrante olor a quemado y el humo. Después, el tanque emitió un sonido debil, seco, cuando explotó. Alguien llamó a los bomberos de la Universidad Central. Cuando sofocaron las llamas quedó un esqueleto opaco y humeante, rodeado de un halo gris ceniza en el centro y negro hacia borde. El muchacho hablaba desesperado por su móvil. Así los dejé. La gente murmuraba, los que llegaron tarde preguntaban que había ocurrido. Algunos osados tomaban fotos apresuradas en una de las ciudades más inseguras del mundo. El día llegaba a término.

Seguimos sintiendo una fascinación innata por los elementos, contemplarlos nos retrotae a lo básico, lo instintivo.

Las fogatas no han desaparecido, mutaron en "virtuales" con apellidos .com, .net o adquirieron la forma de pantallas de alta definición, sin embargo siguen ejerciendo la misma función de conectarnos con los demás, proporcionar una excusa para socializar, de formar parte de algo que perdure más allá de nuestra mortalidad, de estimularnos a contar historias porque, no conozco una sola persona que no caiga seducida bajo el embrujo de un buen relato.

Esta es mi hoguera y permanecerá encendida, como el fuego del zoroastrismo, hasta que me quede sin palabras...

Bienvenidos, busquen un lugar, hay mucho espacio y mucha leña.