La literatura sobre la 2da guerra mundial es extensa, abundante y aunque algunos alegan saturación o agotamiento del tema, creo que aún hay mucho por contar. Tal vez sobre la gran "epopeya libertadora" se ha hablado en exceso y con un tono muy maniqueo: el patriotismo, el conflicto bélico romantizado, los buenos y los malos, el despliegue militar, ya se han vuelto tópicos. Pero si nos alejamos un poco hacia las historias mínimas, las de la gente común, como tú y como yo, personas que simplemente hicieron lo necesario para sobrevivir, todavía hay mucha tela de donde cortar, tan sólo se requiere hallar el enfoque y tono adecuado; porque es muy importante mantener vivo en la memoria colectiva, el recuerdo de las atrocidades ocurridas.
Usando el género del diario, la narradora, -cuya identidad nunca es develada pero gracias a las pistas que ella misma va aportando deducimos que está a mitad de sus 30 años- nos presenta un registro pormenorizado que abarca desde el 20 de abril hasta el 22 de junio de 1945. A través de sus ojos presenciamos la destrucción, ruina, capitulación y posterior ocupación a manos del ejercito ruso, de la ciudad de Berlín.
Somos testigos del drástico cambio en la vida de los habitantes de una urbe arrasada y conquistada, como ha sucedido con todas las poblaciones a lo largo de nuestra beligerante historia. Asistimos a la pérdida de aquello que damos por sentado -porque siempre ha estado allí-, y que da forma al concepto de sociedad. La desaparición del orden, las leyes, los derechos, las clases sociales, el papel moneda carece de todo valor y es sustituido por el trueque, el retorno al horario regido por la luz solar. Pero sobre todo vemos con asombro la rápida reducción del ser humano a su expresión más básica, la del animal que intenta sobrevivir, como sea, en un entorno hostil.
No se trata de unas memorias, porque estas son escritas cuando los años han calmado el torrente de los acontecimientos, cuando se ha tenido tiempo para reflexionar acerca de lo ocurrido. Por el contrario, las anotaciones son diarias, a veces dos por día, si los hechos lo ameritan. Se narra lo que se está viviendo o lo que sucedió apenas horas atrás. Esto confiere crudeza y la incertidumbre de no saber lo que va a acontecer a continuación. Esa ansiedad impregna todo el relato y es lo que nos lleva casi a empujones a seguir leyendo, además de lo sencillo, directo, frío y organizado de la historia. Pero no se confundan, ese desapego emocional no es producto de una falta de empatía sino una respuesta derivada del contacto permanente con la barbarie que no da tregua y termina por entumecer los sentidos, dejando poco margen para los sentimientos; es como la mano expuesta al frío constante, llega un momento en que dejas de sentir los dedos. Estás insensibilizado.
El hecho que más destaca de este diario es un tema que aún hoy, luego de más de 70 años, sigue siendo motivo de discusión, incomodidad e incredulidad aunque es un suceso histórico irrefutable. La violación masiva de mujeres en Berlín.
La narradora, quien también fue violada, publicó su diario por primera vez y de forma anónima en inglés en 1954 y en su Alemania natal en 1959, recibiendo una respuesta hostil de ambos bandos: por un lado sus coetáneos la rechazan por haber divulgado un hecho tan vergonzoso para el país, por presentar a los hombres alemanes como indefensos ante el invasor y por su falta de pudor al ventilar en público lo sucedido.
Del otro lado, los rusos, aunque no pudieron negar los hechos, le restaron importancia, alegando que se pretendía opacar la gran proeza del ejercito rojo al tomar el corazón de la Alemania Nazi y que muchos de los encuentros sexuales fueron de mutuo acuerdo. Todos hablaban, vociferaban sobre el honor mancillado y entre tanta algarabía, la voz que menos se escuchaba era la de las verdaderas víctimas.
En años recientes, los investigadores han develado nueva información. La historiadora alemana Miriam Gebhardt, ha puesto cifras a las violaciones masivas, calculando unas 860 mil en los meses posteriores al fin de la guerra, aclarando que al menos 190 mil de ellas fueron perpetradas por soldados de los Estados Unidos de América. Esta información está extraída del diario El Mundo, de España, les dejo el enlace aquí abajo por si les interesa.
https://www.elmundo.es/cronica/2015/03/08/54fadb85268e3ee0518b4570.html
Ni los aliados ni la administración local llevaron registro de lo ocurrido. Así que fue la iglesia alemana -ante la indefensión de las víctimas-, la que documentó los hechos y sus archivos han servido como fuente principal para las investigaciones posteriores.
La narradora describe los hechos sin eufemismos pero sin regodearse en el sufrimiento, no oculta su asco pero tampoco busca señalar culpables o apelar a la lástima mediante la victimización y decide -tal vez porque era eso o dejarse morir-, sacar el mayor beneficio posible de la situación. Si no podía evitarlo, al menos iba a decidir quien abusaría sexualmente de ella, al tomar mediante una especie de frágil pacto tácito a un oficial de rango superior como compañero y protector, esto con la finalidad de mantener a raya a los soldados rasos y conseguir alimento a cambio de sexo.
Las mujeres llegan inclusive a hablar entre ellas con cierto humor negro sobre sus encuentros con los soldados, como mecanismo para liberar la presión de lo inevitable.
Pero además del abuso sexual, el diario trata otros temas como el hambre, la soledad, la derrota, la incertidumbre, el patriotismo, la doble pérdida de la identidad: como nación y como individuo. La retaliación, porque antes que algunos se apresuren a tomar posturas de uno u otro lado, no debemos olvidar que las víctimas primero fueron victimarios y cometieron atrocidades iguales o peores, pero es la población civil la que sufre los desmanes de los conquistadores, independientemente de la bandera que estos tengan a bien enarbolar.
El diario está escrito con la urgencia del momento, con la necesidad de contar lo que se vive, de capturar las emociones del instante, sin correcciones. Los otros personajes que aparecen están dibujados con un trazo claro, sencillo pero que deja una impresión muy fuerte de sus motivaciones aunque sin entrar en juicios de valor porque ellos también están atrapados en la vorágine.
Cada quien, según su punto de vista, marcado por su cultura y educación, juzgará a la narradora, apoyará o rechazará sus decisiones pero antes de condenar invito a ponerse en contexto a tratar de entender que se trataba de una persona subida a la fuerza en el carrusel de la historia, intentando mantenerse con vida apelando a los pocos recursos de los cuales disponía. No siempre los más aceptables, tal vez no los moralmente correctos, si es que tal cosa existe, pero que le permitieron llegar hasta el día siguiente y luego al próximo para finalmente cerrar con la misma incertidumbre de la primera anotación.
Una mujer en Berlín es un documento histórico que captura un instante, una postal del horror que se deriva de una de las invenciones más abominables del ser humano, la guerra, desde la posición de una mujer que aunque literalmente debió entregarse en innumerables ocasiones, jamás se dio por vencida.
miércoles, 19 de diciembre de 2018
viernes, 30 de noviembre de 2018
El regalo de Prometeo
¿Te has sentado alguna vez en torno a una fogata? Si la respuesta es negativa, deberías hacerlo porque es una experiencia única, indeleble y dificil de plasmar en palabras. La fascinación casi hipnótica de las llamas, el arrullo del crepitar, la tibieza que emana y envuelve como una cobija invisible.
Lo demás se vuelve difuso, casi insustancial ante la hoguera mientras gravitamos alrededor como insectos, porque estamos hechos para no ser indiferentes a los estímulos.
Las noches frente a la fogata proporcionaron protección, calor, alimentos cocinados pero también permitieron contar historias y hablar de temas que por lo general estaban ausentes durante el día. La oscuridad influye en el comportamiento, nos acerca a lo intangible, estimula nuestra imaginación.
Inclusive a pleno día, el fuego no pierde su magnetismo. Hace un par de meses, regresaba a pie de trabajar -hay un grave problema con el transporte público-, la tarde menguaba, el tráfico estaba bastante ligero, la gente apuraba el paso. Al principio, el insistente sonido de la corneta del carro me pareció normal; otro desesperado, otro obstinado. Luego escuché el ronrroneo de la moto y por último los alaridos. Cuando me volví, ya la gente observaba: del auto salían extremidades haciendo señas, sus ocupantes gritaban algo ininteligible. Finalmente el piloto de la moto giró el rostro hacia ellos. Igual que yo, el hombre no entendía sus palabras pero miró en la dirección que le señalaban las múltiples manos. Fuego.
También lo vi y lo entendí. Fuego! fuego! Resonaba en el aire, el eco rebotaba por todas partes, lo repetía el coro de transeuntes, brillaba en los ojos. Entonces todo se desaceleró, el tiempo entró en slow motion.
El hombre, que resultó ser un muchacho joven una vez su rostro quedó liberado de casco y lentes, apenas pudo detener la moto, desplegar la pata de cabra y saltar, alejándose varios metros, luego tras un instante de duda, retrocedió aun más, las personas a su lado le imitaron. Una cola de autos con rostros contemplativos se formó en la avenida del largo paseo. El fuego, que empezó del tamaño de un balón de futbol, se estiró y envolvió con gran agilidad toda la parte trasera de la moto, una chopper.
Atrapado por el embrujo de la creciente pira me detuve a una distancia prudencial por detrás del piloto que miraba en silencio. La intensidad de las llamas, siempre en ascenso, engulló el vehículo como quien traga una galleta de un bocado. Todos pudimos sentir el calor que emanaba, escuchamos el crepitar de la pintura y el plástico. Nada podía hacerse, tan sólo observar embelesados al monstruo devorando.
La moto era una bola incadescente. El siseo de los cauchos acompañado del penetrante olor a quemado y el humo. Después, el tanque emitió un sonido debil, seco, cuando explotó. Alguien llamó a los bomberos de la Universidad Central. Cuando sofocaron las llamas quedó un esqueleto opaco y humeante, rodeado de un halo gris ceniza en el centro y negro hacia borde. El muchacho hablaba desesperado por su móvil. Así los dejé. La gente murmuraba, los que llegaron tarde preguntaban que había ocurrido. Algunos osados tomaban fotos apresuradas en una de las ciudades más inseguras del mundo. El día llegaba a término.
Seguimos sintiendo una fascinación innata por los elementos, contemplarlos nos retrotae a lo básico, lo instintivo.
Las fogatas no han desaparecido, mutaron en "virtuales" con apellidos .com, .net o adquirieron la forma de pantallas de alta definición, sin embargo siguen ejerciendo la misma función de conectarnos con los demás, proporcionar una excusa para socializar, de formar parte de algo que perdure más allá de nuestra mortalidad, de estimularnos a contar historias porque, no conozco una sola persona que no caiga seducida bajo el embrujo de un buen relato.
Esta es mi hoguera y permanecerá encendida, como el fuego del zoroastrismo, hasta que me quede sin palabras...
Bienvenidos, busquen un lugar, hay mucho espacio y mucha leña.
Lo demás se vuelve difuso, casi insustancial ante la hoguera mientras gravitamos alrededor como insectos, porque estamos hechos para no ser indiferentes a los estímulos.
Las noches frente a la fogata proporcionaron protección, calor, alimentos cocinados pero también permitieron contar historias y hablar de temas que por lo general estaban ausentes durante el día. La oscuridad influye en el comportamiento, nos acerca a lo intangible, estimula nuestra imaginación.
Inclusive a pleno día, el fuego no pierde su magnetismo. Hace un par de meses, regresaba a pie de trabajar -hay un grave problema con el transporte público-, la tarde menguaba, el tráfico estaba bastante ligero, la gente apuraba el paso. Al principio, el insistente sonido de la corneta del carro me pareció normal; otro desesperado, otro obstinado. Luego escuché el ronrroneo de la moto y por último los alaridos. Cuando me volví, ya la gente observaba: del auto salían extremidades haciendo señas, sus ocupantes gritaban algo ininteligible. Finalmente el piloto de la moto giró el rostro hacia ellos. Igual que yo, el hombre no entendía sus palabras pero miró en la dirección que le señalaban las múltiples manos. Fuego.
También lo vi y lo entendí. Fuego! fuego! Resonaba en el aire, el eco rebotaba por todas partes, lo repetía el coro de transeuntes, brillaba en los ojos. Entonces todo se desaceleró, el tiempo entró en slow motion.
El hombre, que resultó ser un muchacho joven una vez su rostro quedó liberado de casco y lentes, apenas pudo detener la moto, desplegar la pata de cabra y saltar, alejándose varios metros, luego tras un instante de duda, retrocedió aun más, las personas a su lado le imitaron. Una cola de autos con rostros contemplativos se formó en la avenida del largo paseo. El fuego, que empezó del tamaño de un balón de futbol, se estiró y envolvió con gran agilidad toda la parte trasera de la moto, una chopper.
Atrapado por el embrujo de la creciente pira me detuve a una distancia prudencial por detrás del piloto que miraba en silencio. La intensidad de las llamas, siempre en ascenso, engulló el vehículo como quien traga una galleta de un bocado. Todos pudimos sentir el calor que emanaba, escuchamos el crepitar de la pintura y el plástico. Nada podía hacerse, tan sólo observar embelesados al monstruo devorando.
La moto era una bola incadescente. El siseo de los cauchos acompañado del penetrante olor a quemado y el humo. Después, el tanque emitió un sonido debil, seco, cuando explotó. Alguien llamó a los bomberos de la Universidad Central. Cuando sofocaron las llamas quedó un esqueleto opaco y humeante, rodeado de un halo gris ceniza en el centro y negro hacia borde. El muchacho hablaba desesperado por su móvil. Así los dejé. La gente murmuraba, los que llegaron tarde preguntaban que había ocurrido. Algunos osados tomaban fotos apresuradas en una de las ciudades más inseguras del mundo. El día llegaba a término.
Seguimos sintiendo una fascinación innata por los elementos, contemplarlos nos retrotae a lo básico, lo instintivo.
Las fogatas no han desaparecido, mutaron en "virtuales" con apellidos .com, .net o adquirieron la forma de pantallas de alta definición, sin embargo siguen ejerciendo la misma función de conectarnos con los demás, proporcionar una excusa para socializar, de formar parte de algo que perdure más allá de nuestra mortalidad, de estimularnos a contar historias porque, no conozco una sola persona que no caiga seducida bajo el embrujo de un buen relato.
Esta es mi hoguera y permanecerá encendida, como el fuego del zoroastrismo, hasta que me quede sin palabras...
Bienvenidos, busquen un lugar, hay mucho espacio y mucha leña.
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